:D
...the lost flowers and the sunshine of my summer hours... (E.A. Poe, Tamerlane)
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miércoles, 8 de diciembre de 2010
Entrada N° 3
Tres entradas. Y todo lo viejo ha desaparecido de la pantalla principal.
Derrumbe de Ruinas
Sucede. Lo hace el tiempo inevitablemente. Quedan los escombros. Solo son eso: escombros.
Los escombros se usan muchas veces para rellenar el terreno sobre el cual han de levantarse los cimientos de la nueva casa.
Sentada sobre esta piedra
Contemplé con ilusión el mito de mi regreso a los mundos de papel. ¿Será?
martes, 22 de abril de 2008
"Ruinosidad"
Escultura en el MNBA
Buscando justificar mi ausencia de estas ruinas fue como llegué al tema de hoy. Es preferible dejar de lado las siempre mal afamadas excusas y entrar de lleno a la reflexión innecesaria, quizás un poco mejor considerada. Aunque más no sea como práctica de futuras letras y ejercicio dialéctico contra la versión malvada de uno mismo.
Probablemente ya todos, aunque sea en algún momento de iluminación escatológica o de angustia existencial, hemos pensado en ello: ¿en qué porcentaje nos definen las ausencias?
Somos conscientes de nuestra presencia en este mundo físico, podemos tocar nuestra piel y ver en lo profundo de nuestros ojos cuando nos detenemos frente a un espejo. Sabemos dónde estamos cuando acabamos de llegar y a dónde vamos cuando ya no podemos esperar a salir. Sabemos con quién hablamos cuando nos escapamos a tomar un café o a cenar en la pizzería del barrio. Conocemos la voz ajena que nos responde al otro lado del teléfono y la pequeña foto en un cuadrito en la pantalla que nos recuerda quién teclea detrás de esa otra lejana computadora cuando chateamos.
¿Y dónde queda ese resto de nuestro mundo que no podemos abarcar desde nuestra existencia limitada por la cruel objetividad de las reglas físicas?
Ahora doy la razón del título de este artículo. Cuando estábamos en el secundario, viajamos con el grupo a visitar las Ruinas de Humaitá, vestigios de la guerra de la Triple Alianza, la que hizo trizas de un país que hasta hoy no aprende a renacer de las cenizas. Los restos incompletos de la iglesia nos dieron la idea de la magnitud que habrá exhibido cuando estuvo completa. No hacía falta ver el todo. Era mucho más sorprendente imaginar aquello que la completaba.
Nosotros somos también nuestras ausencias. El todo de nuestra existencia se vislumbra desde los pedazos. Lo que en el momento exhibimos, puede dar al observador apenas una idea, la oportunidad de imaginar una totalidad que quizás hasta nosotros mismos desconocemos.
Todos nos merecemos la oportunidad de ser no solamente lo que mostramos. Tenemos el derecho de llevar con nosotros nuestras ausencias, sin sucumbir a la exigencia de dejar que los muertos entierren a sus muertos. Somos arcilla moldeada por cada uno de nuestros ancestros. Somos lo que cada uno de nuestros amores fallidos ha esculpido. Somos el millón de historias que se esconden detrás de cada una de nuestras sonrisas.
Probablemente ya todos, aunque sea en algún momento de iluminación escatológica o de angustia existencial, hemos pensado en ello: ¿en qué porcentaje nos definen las ausencias?
Somos conscientes de nuestra presencia en este mundo físico, podemos tocar nuestra piel y ver en lo profundo de nuestros ojos cuando nos detenemos frente a un espejo. Sabemos dónde estamos cuando acabamos de llegar y a dónde vamos cuando ya no podemos esperar a salir. Sabemos con quién hablamos cuando nos escapamos a tomar un café o a cenar en la pizzería del barrio. Conocemos la voz ajena que nos responde al otro lado del teléfono y la pequeña foto en un cuadrito en la pantalla que nos recuerda quién teclea detrás de esa otra lejana computadora cuando chateamos.
¿Y dónde queda ese resto de nuestro mundo que no podemos abarcar desde nuestra existencia limitada por la cruel objetividad de las reglas físicas?
Ahora doy la razón del título de este artículo. Cuando estábamos en el secundario, viajamos con el grupo a visitar las Ruinas de Humaitá, vestigios de la guerra de la Triple Alianza, la que hizo trizas de un país que hasta hoy no aprende a renacer de las cenizas. Los restos incompletos de la iglesia nos dieron la idea de la magnitud que habrá exhibido cuando estuvo completa. No hacía falta ver el todo. Era mucho más sorprendente imaginar aquello que la completaba.
Nosotros somos también nuestras ausencias. El todo de nuestra existencia se vislumbra desde los pedazos. Lo que en el momento exhibimos, puede dar al observador apenas una idea, la oportunidad de imaginar una totalidad que quizás hasta nosotros mismos desconocemos.
Todos nos merecemos la oportunidad de ser no solamente lo que mostramos. Tenemos el derecho de llevar con nosotros nuestras ausencias, sin sucumbir a la exigencia de dejar que los muertos entierren a sus muertos. Somos arcilla moldeada por cada uno de nuestros ancestros. Somos lo que cada uno de nuestros amores fallidos ha esculpido. Somos el millón de historias que se esconden detrás de cada una de nuestras sonrisas.
Ya ves, querías
olvidar de qué ausencia estabas hecho
y su voz ha venido
de pronto a poblarte el alma de senderos.
José María Gómez Sanjurjo.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Sobre la crítica y los críticos
Antón Ego, "Ratatouille", Disney-Pixar
Pertenezco a un grupo literario. Un grupo de amigos lectores y escritores interesados en conocer y analizar obras propias y ajenas. Las pocas veces que hemos tenido la posibilidad de interactuar con otros colectivos locales, hemos cosechado -como consecuencia de nuestros comentarios- miradas que expresaban algo muy parecido al “susto”. Y enseguida nos dijeron que somos muy críticos.
Tienen razón: nuestra educación en el Salón de Lectura ha sido prácticamente “manu militari”. Al comienzo fue doloroso para todos, pero pronto nos fuimos acostumbrando. Algunos, al menos; muchos han pasado por este grupo, pero pocos permanecimos. Hoy estoy convencida de que si no hubiera sido por esta instrucción a base de los golpes de la sinceridad, poco o nada habría avanzado en mi camino de letras. No piensen tampoco que sólo había llamadas de atención para nosotros: cuando nos hicimos acreedores de ellos, los elogios también llegaron, e incluso con un sabor más dulce, pues no había duda de que, así como las críticas, también ellos eran sinceros y -sobre todo- merecidos.
Pero determinados incidentes -observados o protagonizados- nos enfrentan a la pregunta de hasta dónde es útil y acertada la crítica. Y en qué momento se convierte en argelería o vanidad. El tema no pasa por el carácter constructivo o destructivo de la crítica. Damos por descontado que la primera, ésa que ayuda al otro a ser cada vez mejor, es la única valiosa. La otra es una mera agresión, indigna de espíritus elevados. Mi pregunta hoy tiene que ver con los límites de la crítica.
Hay dos textos sobre el tema que me gustaría compartir. El primero fue extraído de la película de Disney-Pixar “Ratatouille”, en la cual nos llega a través del personaje de Antón Ego, el implacable crítico de los restaurantes de París. El segundo, pertenece a una obra muy relevante de la literatura latinoamericana: “El túnel”, de Ernesto Sábato.
“La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos: arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio. Prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer. Pero la triste verdad que debemos afrontar es que, en el gran orden de las cosas, cualquier basura tiene más significado que lo que deja ver nuestra crítica. Pero en ocasiones el crítico sí se arriesga, cada vez que descubre y defiende algo nuevo. El mundo suele ser cruel con el nuevo talento. Las nuevas creaciones, lo nuevo, necesita amigos.”
“Pero tengo otra razón: LOS CRÍTICOS. Es una plaga que nunca pude entender. Si yo fuera un gran cirujano y un señor que jamás ha manejado un bisturí, ni es médico ni ha entablillado la pata de un gato, viniera a explicarme los errores de mi operación, ¿qué se pensaría?”
Siendo alguien que trabaja en el mundo de las creaciones artísticas, muchas veces he solicitado una “crítica sincera”, rogando en mi interior que mi obra sea del agrado de mi lector. Es que, como todo acto artístico, la literatura es un intento de comunicación. Y en el tan sencillo pero gratificante “me gusta”, está contenida una confirmación de que dicha comunicación existió. A ese lector que “le gustó” o “se sintió identificado”, el autor logró decirle algo, compartir con él una visión suya del universo y la vida.
Creo que en la crítica, como en todo ámbito de la vida, lo más sano es encontrar un punto medio. Criticar por criticar carece de sentido. Igualmente buscar errores insignificantes donde no los hay o donde ya no tiene sentido introducir cambios, sólo para hacer notar nuestra supuesta pericia en el tema. Igual o peor efecto tiene la adulación sin fundamentos o por mera amistad, cierto. Pero es una falencia muy triste y desmoralizante la tendencia a señalar solamente los errores y lo bueno darlo por hecho, como si el otro tuviera la obligación de hacer siempre bien las cosas. Quizás sea algo cultural, pues existe en todos los ámbitos: académico, laboral, artístico, familiar. Pero eso no implica la imposibilidad de cambiarlo. Es complicado romper con estructuras muy arraigadas, pero con esfuerzo todo se puede.
Por último, hablar de crítica implica trabajo, responsabilidad y compromiso. Para mí, quien tiene autoridad para dar una crítica válida es aquél que se esfuerza, se arriesga y expone al mismo nivel que aquéllos a quienes juzga. Es muy cómodo tener conocimientos teóricos y apoyarse en ellos para emitir juicios sin involucrar el alma propia.
Las verdaderas dificultades no se conocen hasta que uno se mete al campo de batalla. Y desde mi punto de vista, sólo debe remarcarlas quien está calificado para superarlas, o quien -por lo menos- hace el intento de superarlas.
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